Leyendas de Viudas


Publicado el 2/06/2019
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1Las descripciones de la Viuda que llegaron hasta nuestros días, al menos en la provincia de Salta, son disímiles. En la zona del chaco salteño, colindante con Santiago, la describen como una mujer algo joven, de unos cuarenta años, alta, esbelta y aparentemente bella, aunque nunca nadie le pudo ver el rostro. En los valles de Lerma y Calchaquí, la descripción es distinta. Se trataría de una anciana, bajita, y a la cual, tampoco se le puede ver el rostro. Ambas usan -obviamente, como buenas viudas que son- ropa y mantón de color negro, con el cual las “vallistas” se cubren de pie a cabeza, mientras que las “chaqueñas”, esconden la cara pero muestran un tanto las piernas.

Donde aparece

Son coincidente los relatos en cuanto a los lugares preferidos para aparecer de repente frente a los hombres y hacerlos temblar de espanto. Estos son los puentes, caminos y senderos, sobre todo los solitarios, generalmente después de las 12 de la noche, para desaparecer al alba chica.

Causas de sus apariciones

Las causas de estas pariciones que pone los pelos de punta a los varones, son disímiles. Algunos aseveran que aparece cuando una mujer murió en forma trágica a consecuencia de un engaño amoroso; ya porque ha sido asesinada por su marido infiel, o por la mujer que integra el fatídico triángulo de amor y muerte.

Hay también quienes atribuyen su macabra aparición, a que un ladino varón no dio cumplimiento al juramento de fidelidad-seguramente obtenido bajo presión- de no volver a casarse o juntarse, en el caso que ella muriera antes. En ambos casos, las apariciones tendrían por objeto atormentar – más bien continuar- a sus ex maridos por la nueva vida que hace junto a otra mujer después de su muerte.

Lo perseguirá y asustará de tal forma, que el pobre hombre terminará por enfermar, ser abandonado por la concubina o nueva esposa, hasta finalmente morir casi seco de espanto. Pero esta Viuda, surgida de la tragedia y la traición -según cuenta- no se contentará con asustar a su ex marido, sino que también lo hará con todos aquellos infieles -que por suerte son poquísimos- aprovechando toda oportunidad para “espeluznarlos” de miedo y terror, sobretodo cuando distraídos vuelven a deshora a sus casas, medio “machaditos” y envueltos en vahos de alcohol.

La viuda santiagueña

La describen como una mujer más bien joven, aparentemente bella, que cautiva a los hombres con una sonrisa que apenas asoma por el mantón que tapa su cara. Les sugiere en la soledad, que la sigan hasta el monte con “inconfesables intenciones”, donde les mostrará el lugar donde un tesoro se encuentra escondido. En el trayecto, se transforma en un terrible ser que mata y descuartiza a su víctima, después de un abrazo que comienza tierno y cálido y termina siendo estrangulador y frío. Nunca puede mostrar el tesoro -que le salvaría de la maldición- lo que hace que reitere el procedimiento destrozando siempre algún “ojo alegre” que nunca falta, aún en la soledad del campo chaqueño.

Las apariciones en Amblayo

En la misma peña que la mataron se sentaba por horas a llorar. En Amblayo la gente cuenta que a menudo se escuchaba su llanto. Fortuny, estudioso del folklore, comenta que personalmente la escuchó llorar durante días, aunque agrega que le parecía un pájaro nocturno, sin identificar el ave. Otros, entre ellos don Sinforoso Arca, viejo poblador de esos pagos, ya fallecido, contaba a los empleados de la Comisión de Energía Atómica, que cuando niño, y se encontraba a cargo de una majada de cabras, había visto varias veces a la Viuda sentada en una peña, llorando lastimeramente por horas. La primera vez que la sintió, de curiosos don Sinforoso se acercó con su perro Negro hasta ella, pues de lejos le parecía que era su abuelita que solía sentarse en las peñas a hilar la lana mientras cuidaba del puma la majada de cabras y ovejas.

Cuando estuvo a metros del bulto, vio que no era su abuela, y que lloraba muy sentida. El perro comenzó a aullar, a no querer avanzar mientras le cruzaba el cuerpo para impedir que continúe caminando. Quieto ya, como a unos treinta metros -contaba don Sinforoso- “li’alcanzao a ver las manos, y li’visto q’eran de hueso pila, sin carne y con las uñas larguísimas”.

Visto esto abandonó la majada lo más rápido que pudo y volvió corriendo y asustado hasta el rancho, para contra lo sucedido a sus mayores. Espantados los padres salieron en búsqueda de la majada y se dieron que varios animales estaban muertos como si hubiesen sido estrangulados con afiladas garras. Cuando vino el Cura para “las patronales”, le contaron lo ocurrido y éste hizo que todos fueran en procesión hasta el lugar para bendecirlo. Con los años don Sinforoso se enteró que un pastor había asesinado a su esposa en esa peña, por culpa de otra mujer.

Cerca de Cerrillos

La Viuda de la recta en automóvil.

A principio de siglo, una mujer que fue asesinada por su esposo, espeluznó por años a todo varón “mal entretenido”. Francisco Rodríguez, más conocido como el “Gordo del bar”, era dueño del primero, único y último hotel de Cerrillos. “Hotel y Bar El Criollo”, se llamaba el negocio de la década del veinte. Tenía una cantina que atendía los 365 días del año hasta altas horas. Frente a la plaza, era el lugar preferido de los parroquiano. Allí disfrutaban, de unos vinos y de la música que salía de una “moderna” vitrola a cuerda primero, y luego, en tocadiscos que amenizaban la tarde-noche cerrillana, hasta fines de los 50.

El “Gordo del Bar”, contaba que una noche de verano, pasada las 12, se avecinaba una fuerte tormenta. El viento azotaba los arboles y los relámpagos, iluminaban las primeras gotas. Fue en ese momento cuando llegó en su automóvil un viejo cliente vecino de La Merced. “Recuerdo que los árboles -contaba Rodríguez- se mecían con furia, y los rayos cada vez estaban más cerca. Unos clientes permanecían en el negocio, iluminado con farol, cuando escuchamos que un auto frenaba en el negocio. De su interior salió un hombre que en dos o tres zancadas llegó hasta el bar, convencidos nosotros, que lo hacía para no mojarse con la tormenta que acababa de largarse con todo. Era Lobo. “Entró corriendo -relataba Rodríguez- agitado y pálido. Estaba desencajado, y como pudo, se hizo entender para que le sirviera una bebida fuerte. Cognac me acuerdo que le serví. Se sentó y cuando le pregunté si necesitaba algo me dijo: ¡la viuda! ¡la viuda!. Retrocedí, -continuó Rodríguez- esperando que se explique mejor. Los parroquianos giraron sobre sus sillas, y atentamente, esperaron que hable, ansiosos, con los vasos de vino en la mano, paralizados a medio trayecto entre la mesa y la boca.

Después del cognac y de unos minutos, Lobo dijo, aún bastante espantado: ¡me ha salido la viuda de la recta de Cánepa!.

-¿Como ha sido don Lobo? le espeté.

-Y bueno, yo venía de Salta y en medio de la recta vi una viejita de negro que caminaba para Cerrillos, al costado del camino. Me dio lástima verla a esa hora y con la lluvia que se avecinaba. Me ofrecí acercarla hasta el pueblo. No me contestó, le insistí pues la lluvia se venía, por dos o tres veces, pensando que era medio sorda. Al no contestarme, no obstante mi insistencia, puse primera y salí rápido por temor a que el viento voltee alguna rama. Antes de San Miguel, sentí que algo venía en el estribo del auto, me di vuelta y ví un bulto negro, volví a mirar bien y un relámpago me dejó ver, casi de reojo, a la viejita que yo quería acercar hasta el pueblo. Venía agarrada del parante del auto, parada en el estribo derecho, casi a mi lado, y su cara, visible por la luz de los rayos, era una calavera. Me estremecí y aceleré -dijo Lobo- , a todo lo que da, y cuando llegue al pueblo la viuda ya no estaba. ¡Es la viuda de la recta! repetía Lobo, para agregar, que ya le habían contado que aparecía, pero que nunca había creído en esas cosas, pero desde entonces -contaba Rodríguez- Lobo nunca más pasó después de las 12 de la noche”. Don Francisco Rodríguez murió el 5 de octubre de 1948 y en el negocio quedó su esposa, doña Cirila. Pasó el tiempo y en el “Bar de la Cirila”, siempre alguien se acorda de la “Viuda de la recta de Cánepa”.

La muerte de una viuda

Lanudas y huecas, andan para asustar perjuros

Pablo Fortuny, en “Supersticiones Calchaquíes” relata de la Viuda que salía en Los Sauces, hasta que un gaucho valeroso se animó a toparla, sacó el puñal y se lo clavó en el pecho, pero se dio con que no era de “carne y hueso”, sino algo fofo y blando, como de lana.

“El cuchillo -dice- a pesar de haberse hundido en la ropa, no se untó de sangre”. La Viuda, después de la certera puñalada, se convirtió en un bulto que, dando saltos y brincos, se alejó velozmente. De Corralito el mismo autor, cuenta el siguiente suceso: “una señora, gravemente enferma, hizo jurar a su esposo, que no se casaría con otra, si ella fallecía. El juró. La señora murió, pero el marido se “juntó” a poco de andar. Un día, cuando volvia de San Carlos, apareció la Viuda, montó en ancas de su caballo y le puso las manos frías en el cuello, mientras le gritaba “¡falso! ¡traidor!”. Al poco tiempo el hombre murió de frío en la puerta de la sala”




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