Al dolor amargo y humillante de quien ha infringido el límite de los sentidos, cayendo en el abismo del sacrilegio, pertenece la transformación de la Mula Anima.


Publicado el 1/06/2019
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1Es una mula, síntoma y símbolo, que se aparece en los callejones de los pueblos, en los caminos de las montañas o se la ve, brillando en los cerros. Su color es negro o marrón castaño. De su boca, de sus ojos, de las orejas y de la nariz, le saltan chispas y fuego. Sus apariciones son nocturnas.

Algunos vecinos cuentan que la vieron deambular por los barrios rosarinos (Rosario de la Frontera – Salta) cerca de la madrugada. La mula relincha salvaje: muestra su freno de oro y lleva pesadas cadenas.

Esta mula es el alma en pena de una mujer que aun vive, castigada por mantener relaciones sexuales con un sacerdote o su compadre u otra mujer o familiares. Para salvarla de esta condena, hay que quitarle el freno. Algunos temen redimirla, pues creen que al año ellos morirán en castigo. “En Rosario más de un corajudo paró las patas a causa de salvar una mujer transformada en mula”, comento un viejo cuentero de estos pagos. Salía una vez por semana, a la una de la madruga –cuenta un paisano -, y traía un ruido como de procesión. ¡Viera! ¡no se le oía más que ese ruido, como si mucha gente fuera tras de la mula! “Cuando pasaba, hacia como que lloraba, y a uno y a uno le daba mucha pena… Pero, que…¡yo no me animaba señor! “Despues ya no lo vimos más. Un baqueano de apellido Artaza se había escondido detrás de un árbol cuando corría la mula, se tiro encima de ella y, por la oreja ladeada que ella mostraba, logró sacarle el freno. “Ahí nomás se oyó un suspiro de mujer, como si se levantara de dormir y una voz que decía: ¡Gracias a Dios, un OPA me liberó del hechizo!” “Un señor, otra vez, logró con sus peones, no solo quitarle el freno a la Mula anima, sino que también se animo a asestarles varias puñaladas. “Cuando regreso a su casa, encontró muerta a su hija

Aquella mañana, luego de la feroz pelea que habían tenido durante la noche con el esqueleto, zorro y quirquincho se levantaron tarde, con el Sol alto. Hicieron fuego y tomaron unos mates que acompañaron con pan y mortadela. Después ataron el caballo a la jardinera y rumbearon para El Carmen, tomando el camino de los callejones orilleros, con el fin de pasar desapercibidos.

Cruzaron el río Perico y al atardecer ya estaban a las puertas de San Salvador, por lo que resolvieron esperar la noche cerrada para cruzar sin ser vistos y buscar la boca de la Quebrada de Humahuaca.

Se acercaron lentamente a las playas del Río Grande y allí, cerca de La Viña, acamparon a la espera de la hora adecuada para pasar frente al poblado.

Un fueguito les sirvió para soportar el frío viento que bajaba de la quebrada, hasta que a eso de las dos de la mañana resolvieron continuar viaje por un sendero que los llevaba por la playa del río para el lado de Reyes.

El zorro fumaba un pucho y estaba por contarle al quirquincho sobre una de las aventuras de caza que había tenido años antes en Monte Rico, muy cerca de la casa de don Julio Artero, cuando de improviso ambos quedaron paralizados por el miedo.

Un silbido largo y triste que venía del lado del río, cerca de los rieles del tren, los cruzó como si fuera una ráfaga de viento helado, tan helado que les enfrió hasta los huesos. El caballo se puso nervioso y apuró su paso como tratando de alejarse del lugar.

Casi como momificados, duros, continuaron viaje sin siquiera querer mirar para el costado. En eso, otro silbido, tan lastimero como el primero, los volvió a sorprender en la oscuridad de la noche. Esta vez el caballo lanzó un largo relincho y transformó el trote en galope mientras sus patas, al golpear contra las piedras, comenzaron a despedir chispas.

Siguieron mudos hasta que el zorro atinó a decir: “Compadre, recién empezamos el viaje por la quebrada y ya tenemos aparecidos y sustos. ¿Aguantaremos, cumpa?”. “No nos queda otra, compadre, tenemos que seguir. Además un tesoro nos espera”, respondió el quirquincho resignado.

En ese breve diálogo estaban cuando escucharon un nuevo silbido. Fue entonces cuando alcanzaron a ver que una luz intensa salía de un pequeño nicho con una cruz en el techo construido a la orilla de la vía, seguramente para recordar la trágica muerte de un hombre que había sido arrollado por el tren que pasaba a La Quiaca.

Era el alma de aquel finado que les silbaba desde el mismo nicho, como queriéndoles anunciar algo malo. “Compadre -dijo el quirquincho-, esa alma nos está queriendo decir alguito, de seguro que un peligro nos acecha y nos quiere poner en guardia”. “Capazmente -respondió el zorro-, pero lo que es yo, creo que nos tenemos que ir lo más rápido posible, no vaya que esa almita nos quiera hacer algo”. Dicho esto, le asestó un latigazo al caballo para que apurara aún más el galope.

A los saltos iban entre las piedras, como zapallos en jardinera, cuando un trapo blanco, suspendido en el aire, se les interpuso en medio del sendero. El caballo sofrenó su paso, levantó alta la cabeza y relinchó en forma impresionante haciendo vibrar el aire de la quebrada.

El trapo se acercó y haciendo un vuelo rasante por encima de la jardinera, dejó escuchar una voz de ultratumba que decía: “La mulánima, la mulánima”. De inmediato el trapo desapareció, tan misteriosamente como había aparecido. Cuando los amigos miraron para el lado del nicho con cruz, para ver si ahí se posaba el trapo blanco, el túmulo ya no estaba en el lugar; era como si se lo hubiese tragado la tierra del terraplén.

“Compadre -dijo el quirquincho-, esto no me gusta nada, parece que más adelante hay una mulánima, según interpreto lo que el alma nos quiso decir”. “Capazmente, así creo yo también -contestó el zorro-, igual que la vez pasada cuando aquella almita nos avisó de la presencia del tigre en el Cerro Bola, ¿se acuerda cumpa?”. “Claro que me acuerdo -agregó el quirqui-, además yo sé que las almas siempre anuncian los peligros que acechan en los caminos. Avisan la presencia de algún alma en pena, de un condenado, de las viudas negras, de las mulánimas y de los faroles, cosa que uno no vaya descuidado”. “Pero aquí en este descampao, ¿qué podemos hacer, ah?”, dijo el astuto, mientras temblaba de miedo.

A todo esto, por la playa del río Grande iban llegando a Yala, cuando aún faltaban unas horas para que amaneciera. Iban intranquilos, mirando para todos lados, intentando traspasar la oscuridad y ver todo bulto a la distancia.

Pasaron Yala y cuando estaban por llegar a Lozano, alcanzaron a ver algo como un burro que pastaba a la distancia, en unos matorrales cerca del río. De improviso notaron que el caballo se ponía nervioso y resoplaba, como echándose a la retranca, como negándose a seguir tirando la jardinera.

Finalmente se paró en dos patas e intentó volver sobre sus pasos. A duras penas, zorro y quirquincho, agarrados a las riendas, lograron dominar al animal, que estaba aterrorizado.

Es que el burro, que recién nomás estaba lejos, ya había llegado hasta ahí, transformado en un animal feroz, la mulánima, con una cadena de oro en su cogote, pero con unos dientes inmensos en una boca que lanzaba lenguas de fuego.

Sus vasos, como si fueran de metal, brillaban en la noche oscura de la quebrada. Con las pezuñas rascaba el ripio de la playa y de los pozos que hacía también salía fuego. Casi caminando en dos patas, se acercó de golpe a la jardinera del zorro y con voz de suegra enojada le ordenó al astuto que le sacara la pesada cadena que portaba.

Zorro y quirquincho, aterrorizados, se parapetaron en el pescante de la jardinera, mientras el caballo retrocedía con carruaje y todo para el lado del barranco.

“Sacame la cadena, sacame la cadena, sacame la cadena, maldito zorro”, gritaba la mulánima, que en dos patas daba vueltas alrededor de la jardinera, tirando terribles bocanadas de fuego sobre zorro y quirquincho. En uno de esos volcánicos eructos que la mulánima lanzaba desde su altura, alcanzó a morder al zorro por su frondosa cola. Lo levantó por los aires y cuando parecía que lo iba a estrellar contra el suelo, lo dejó suspendido entre sus centellantes dientes, mientras le reiteraba la orden de que le arrancara la cadena de oro para liberarla de su encantamiento.

Aterrorizado, al zorro no le quedó otra cosa que tomarle la cadena con su puntiagudo hocico. La sintió hirviente, pero de un solo tirón se la arrancó. No bien la cadena cayó al suelo, la horrible mula se transformó en una bella mujer, arropada a la vieja usanza. Tenía vestido con miriñaque, una inmensa peineta en el sorongo y un librito de cuero entre sus manos.

La mujer, agradecida, se arrimó al zorro, le acarició la cabeza y desapareció en medio de la noche diciendo que se volvía para Yavi. Tras de ella quedó un fuerte olor a incienso mientras el quirqui atinó a decir “qué olor a sacristía tiene esta criatura.”.

Como la noche había sido por demás agitada, nuestros amigos, agotados por los tensos momentos pasados, resolvieron echarse a dormir, casi al amanecer, bajo la atenta mirada del lucero del alba, ya próximos a León, en plena Quebrada de Humahuaca.




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