¿Quién es el Pasajero Z, que a todos inquieta?


Publicado el 1/10/2018
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1Finales de febrero de 2018. Una periodista organizaba una velada en su piso de Madrid, cerca del parque del Retiro. La casa era grande y se trataba de una de esas fiestas en las que nadie conoce a nadie pero todos se comportan al revés, en ese clima de confianza que a veces se da entre perfectos desconocidos.

Tal vez por eso nadie se asustó cuando en el salón apareció la figura masculina de un hombre alto y cubierto completamente por una licra ajustada naranja al que era imposible identificar: tenía la cara tapada, no emitía sonidos y tampoco reaccionaba ante los estímulos. “Al principio la gente lo miraba sin hacerle demasiado caso, hasta que se hizo evidente que él no reaccionaba, que se quedaba mirando a las personas, o a la pared, o a un objeto, prácticamente sin moverse, ahí empezaron a dirigirse a él, a preguntarle, a tocar, pero él seguía sin reaccionar”, contó Javier Carazo, uno de los asistentes a esa fiesta.

Carazo no lo sabía entonces pero luego se enteró de que había compartido reunión con el Pasajero Z, un artista anónimo y probable habitante de Sevilla que lleva más de un año protagonizando enigmáticas intervenciones en espacios culturales y artísticos. De hecho, antes de dejarse caer por la fiesta en el piso del Retiro había sido visto paseando por la caseta de Huelva en la feria ARCO de Madrid.

Dicen que vive en Sevilla porque es en la capital andaluza donde más ha aparecido. Entre otros lugares, ha sido visto en la plaza de la Encarnación, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y en las galerías Birimbao y Rafael Ortiz. En febrero el Pasajero Z también estuvo en el Espacio Laraña, de la Universidad de Sevilla, porque allí se exponía Morbosuit, una muestra de la obra que le ha dedicado el artista plástico andaluz Carlos Dovao.

Dovao es probablemente la persona que más sepa de Pasajero Z, junto al que dice trabajar haciendo obra gráfica a partir del personaje. “Lo vi en Sevilla hace aproximadamente un año y medio, entré en contacto con él a través de las redes sociales y ahora me dedico también a gestionar su perfil en redes y su página web”.

Además de llevarle la agenda, Dovao ha hecho cuadros, fotos, esculturas y vídeos del Pasajero Z pero dice que ni siquiera él conoce la identidad del hombre de metro ochenta que se oculta bajo la licra naranja. Dice que le gustó el personaje por su interés en “el mundo de las filias sexuales”: “Cuando encontré al Pasajero Z yo venía de trabajar mucho el tema del maniquí, del bondage, y de una serie de prácticas relacionadas con la práctica del sexo”.

Pero el sexo, según el propio Dovao, no es el principal interés artístico del Pasajero Z, con quien dice comunicarse por escrito y al que casi siempre acompaña “por si hace falta explicar que se trata de una intervención”. “El arte del Pasajero Z es relacional, la obra no es el personaje sino el ambiente, las diferentes reacciones que crea en el público sin hacer absolutamente nada, hay gente a la que le alegra el día y gente a la que le asusta, otros sienten asco, y otros excitación… él parece que va desnudo pero al final el que queda desnudo es el público, por toda la información que las personas transmiten al reaccionar ante él”.

Es cierto que el Pasajero Z no regala absolutamente ninguna información, más allá de su altura, su envidiable estado físico y su sexo (la licra es muy ajustada). Ni siquiera habla, lo que exaspera a muchos de los que intentan comunicarse con él. El silencio acentúa la incertidumbre que genera su presencia. “En un acento, en una voz o en un gesto hay un montón de información que la gente podría identificar y relajarse, perdiendo parte de esa incertidumbre”, dice Dovao.

Cubrirse todo el cuerpo con ropa ajustada es una práctica japonesa llamada zentai que ya llegó a países tan lejanos como Canadá, donde dos aficionados del equipo de hockey Vancouver Canucks se han hecho conocidos como los Green Men por cubrirse con una licra verde para ver los partidos y molestar a los jugadores rivales. En Francia, está prohibido por la misma ley que desde el año 2010 impide el burka y en España no hay una legislación específica pero es difícil imaginar a la policía nacional dejando al Pasajero Z entre los turistas del Prado como si nada.

Si en ARCO no ocurrió nada, dice Dovao, fue “porque en ese tipo de ámbitos la gente está más habituada”. Algo así pasó también en la fiesta del parque del Retiro. Cuando los asistentes entendieron que era imposible hacerle reaccionar, empezaron a acostumbrarse a su presencia. Según Carazo, al final lo veían deambular por la casa tan tranquilo, “casi como si fuera uno más”.




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