Mi madre hace ‘barcelós’


Publicado el 16/09/2018
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1Francisca Artigues, madre del pintor Miquel Barceló, ha convertido sus bordados inspirados en la obra de su hijo en obras de arte diferentes que ahora se exponen por primera vez en España. El propio Barceló relata la pasión de Francisca por esa expresión artística con aguja e hilo.

MI MADRE, CUANDO SE CASÓ, se fue de viaje de novios en moto con mi padre por la sierra norte de Mallorca. Dormían en pequeños hoteles, y mi madre pintaba acuarelas de la ribera, de Formentor, de los pinos sobre el mar, el torrente de Pareis. Acuarelas pequeñas. Yo siempre la imagino con una caja de pinturas y un caballete.

Cuando yo nací, un año después, me regaló su caja de acuarelas. Ella pintaba cuadros al óleo abstractos con una espátula. Poco tiempo después me regaló también su caja de pinturas al óleo. Eso hizo que yo empezara a pintar muy pronto.

En muchas ocasiones intenté regalarle pinturas acrílicas, porque secaban más rápido y pensé que quizás le iría bien, pero nunca más quiso pintar, hasta que empezó a bordar. Antes que ella bordaba mi abuela. Cuando murió, a los 100 años, mi madre empezó en serio. Sobre todo cuando dejó de conducir, porque mi madre se sacó el carnet a los 60 años y debió de conducir cerca de 20 años.

Primero empezó bordando cosas funcionales: una mantelería de mesa, unas servilletas. La primera que hizo eran “pàmpols y viña”, que era una copia de una cosa tradicional mallorquina. Mi madre antes cosía a los animales y a nosotros mismos cuando nos hacíamos una herida. Pero el primer bordado que hizo suyo fue a partir de un libro de peces. Hizo todo un bordado en azul y blanco. Lo que resulta divertido es que a veces los peces miden un palmo y las ballenas no más de tres centímetros, me gusta esta desproporción tan particular. Después hizo las servilletas, cada una con un berberecho, un caracol…

El segundo que hizo fue a partir de unos dibujos que yo tenía para un proyecto de cefalópodos. Le pasé muchas acuarelas y dibujos, y ella los iba calcando y fue haciendo un bordado en el que todo es azul y morado. Dentro también hay poteras, que son las herramientas que se usan para pescarlos. Ella calcaba mis dibujos y los transformaba. Me resultaba bastante divertido ver cómo iban cambiando.

Luego hizo uno con hojas. Mi madre fue de viaje a Egipto y a India, y las traía de todo tipo. Luego puso las hojas sobre el bordado para hacer el calco y las bordó. Hay de platanero y de palmera. Al principio quedaba un poco como un herbario, un poco aburrido, y después con acuarelas añadí las cabezas de estos animales que se comen las hojas. Cada cabeza de bicho se come una hoja y quedó bastante espectacular.

Más adelante hizo las cuatro cortinas. Hay una que es de insectos, otra que es una especie de mapa de Mallorca que el sol borró. Primero hizo un bordado que eran todo calamares, un gallo que se come un pez…, y pinté el perfil de Mallorca sobre él, pero estando expuesto al sol se borró. Lo dejamos así. Más adelante hicimos otro mapa de Mallorca en el que la tierra está en blanco y dentro no hay nada. Es decir, la tierra estaba en blanco y por fuera todo eran pulpos y tinta. Mi madre ha bordado muchos pulpos en general. Hemos hecho muchos entre los dos. Después hizo uno que era como africano, con leones y cerdos; otro con insectos…

Y después de estas cortinas hizo uno muy grande que es como un tapiz. Primero hice manchas con acuarela, con colores amarillos, verdes y azules, un poco como un rizoma, una raíz, y después de cada mancha íbamos haciendo cosas, y como mi madre me pedía cada vez más, había más y más. La única condición era que cada cosa tenía que estar ligada a otra cosa. Como una tapicería, y trabajamos cerca de dos años. Se llama Vivarium. Es como un contenedor de cosas vivas. Todo está vivo, se transforma, crece, como si fuese una planta de patatas que salen todas de allí. Dragones, nenúfares y extraterrestres, incluso objetos. También me gustaba esta relación de dibujo y bordado. El bordado enfría el dibujo, lo hace más lento, punto por punto. Porque la técnica que usa mi madre se llama punt mallorquí. Se hace con un tambor muy pequeño y es muy me­ticuloso; se hacen pocos centímetros cada hora, es una velocidad de caracol paralítico.

Mi madre y yo tenemos este hilo que nos liga a ambos. Me gusta esta idea, que estamos ligados por esto… Me llama por teléfono y me pregunta de qué color tiene que hacer las puntas de un pulpo; le digo que negro, y ella exclama: “¡¡¡Negro!!!”. Tenemos conversaciones así. Ella tiene un sentido muy racionalista. Si yo quiero hacer un caballo verde, ella opina que no, que tiene que ser marrón, es decir, que parece que tuviera que pasar un examen de ciencias naturales. Cada cosa debe tener las cosas que tocan. Si un pulpo tiene nueve tentáculos se enfada mucho, tiene que tener ocho y no más. Es muy racionalista.

Hizo una exposición en el museo de Sankt Gallen, en Suiza, dedicado a los bordados. Era de las primeras veces que en ese museo hacían una exposición dedicada a una persona, ya que normalmente los bordados son anónimos. Fue muy bonito, ya que era un museo del siglo XIX, con una selección muy meticulosa.

Esta nueva exposición se presenta como toda su obra, pero también con objetos cotidianos. Están los manteles, las servilletas, los cubrecamas… No los mostramos como cuadros colgados en paredes, sino como cosas funcionales. Hay cortinas que se ven desde los dos lados y es muy importante que se vean desde los dos lados. Está hecho para que se vea así.




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